lunes, 28 de abril de 2008

Goya lo atestiguó: independecia española


Los españoles están de manteles largos.

El próximo dos de mayo celebrarán los doscientos años del inicio de su lucha de independencia.

En 1808 las tropas de Napoleón Bonaparte invadían furtivamente a España.
Costaría a los españoles casi seis años y entre quinientas y ochocientas mil vidas – la inmensa mayoría civiles –, expulsar a las fuerzas napoleónicas de su territorio. Cosa que consiguieron al vencer hasta la batalla de Toulouse del 10 de abril de 1814.

En 1808, el otrora imperio mundial de Felipe II, en el que el sol nunca se ponía, quedaba bajo el control de su vecino francés.

Carlos IV y su hijo Fernando VII de Borbón renunciaban a su imperio y a las colonias que lo componían a favor del hermano de Napoleón, José Bonaparte, mediante las abdicaciones de Bayona.

El dos de mayo del mismo año, un levantamiento popular en Madrid marcaba el inicio de la larga lucha que los españoles emprenderían para liberarse de la dominación francesa.

En los años que siguieron a 1808, España se convertiría en el campo de batalla en el que los españoles combatirían a los franceses en pos de su independencia.

Incluso el imperio ingles les apoyó, buscando abrir un nuevo frente de guerra que obligara a un Napoleón que se observaba casi invencible a distraer en la península ibérica una parte importante de los valiosos recursos humanos y materiales que requería para consolidar su dominio militar y político en Europa.

La invasión tuvo importantes consecuencias en el continente americano.

En cuanto las noticias llegaron a las colonias en Hispanoamérica se formaron juntas provisionales cuyo propósito era preservar la soberanía hasta que Fernando VII regresara al trono.

Un interesante debate se abrió en la América hispana en torno a la naturaleza de la sujeción de las colonias al imperio español.

¿Se debía lealtad a Fernando VII o al titular, fuese quien fuese, del Reino de España?
En el primer caso se justificaba la oposición a los franceses. En el segundo no, dado que José I había llegado al trono español previa abdicación de Carlos IV y su hijo Fernando VII y, por ende, era el legítimo titular de la corona.

Es en nuestro país en donde surge la primera Junta de América. La instaló el Virrey Iturrigaray a propuesta del Ayuntamiento de la Ciudad de México, el 5 de agosto de 1808.

Pocas semanas después, el 15 de septiembre de 1808, la Junta mexicana y el propio Virrey fueron depuestos por un golpe de Estado de la elite peninsular que apreció –con singular clarividencia – el riesgo que este proceso suponía para sus privilegios coloniales.

Esta fue una de las principales semillas que finalmente desembocaron en el grito de Dolores del 16 de septiembre de 1810, que marca el comienzo de nuestra gesta independentista.

No olvidemos que el movimiento de Miguel Hidalgo y Costilla inicialmente aceptaba la sujeción de la Nueva España a la autoridad del depuesto Fernando VII, en ese entonces sometido por Napoleón Bonaparte.

En sólo tres años esta posición cambió radicalmente. Ya en 1813, durante el Congreso de Chilpancingo, liderado por José María Morelos y Pavón, se planteaba la independencia de la América Mexicana bajo una forma de gobierno republicana.

El artículo primero del documento que resultó de dicho congreso, Sentimientos de la Nación, no deja dudas al respecto, pues a la letra dice: “… la América es libre e independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía”.

Finalmente, casi once años y muchos mártires después, el 27 de septiembre de 1821, se consumaba la independencia de México bajo el liderazgo de Agustín de Iturbide, quien con gran destreza había aprovechado para su causa y la de las fuerzas conservadoras de la Nueva España, otro movimiento político que se había presentado en la España metropolitana un año antes.

En 1820 se habían sublevado en contra de Fernando VII los generales que comandaban las tropas que el propio monarca español – quien había recuperado su anhelado trono en 1814 – había concentrado para intentar sofocar los movimientos secesionistas en América.

Los militares rebeldes obligaron al rey a firmar la constitución liberal promulgada por las Cortes de Cádiz en 1812.

Esta constitución y las Cortes que la crearon, surgidas en su tiempo como reacción contra la ocupación francesa, fueron abrogadas y disueltas por Fernando VII cuando en 1814, luego de que los españoles expulsaron a los franceses, éste dio la espalda a los constitucionalistas e inicio una época de restauración absolutista.

Iturbide, que no simpatizaba con el movimiento liberal, lo utilizó como pretexto para movilizar a las diversas fuerzas económicas, políticas, sociales y militares de la Nueva España en torno al consenso necesario para consumar la independencia de nuestro país.

Doscientos años después, en 2008, una amplia agenda de actividades se ha puesto en marcha para dar realce a la conmemoración.

Una de ellas ha llamado especialmente mi atención.

Me refiero a la exposición Goya en tiempos de guerra, mediante la cual se exponen en el Museo del Prado – con mucho la más importante pinacoteca de España – diversas obras pintadas por el artista antes y después del inicio de la guerra de independencia española.

Las pinturas en torno a las cuales gira la amplia exposición son las recién restauradas Los fusilamientos del 3 de mayo y La lucha con los mamelucos.

En estas obras, Francisco de Goya plasma con singular realismo lo que personalmente vio y vivió los días 2 y 3 de mayo de 1808 durante la revuelta popular de Madrid que derivó en la posterior ejecución de muchos de los alzados.

El diario El Mundo describió con precisión la obra de Goya: “Como un cronista de guerra, un fotorreportero pionero sin que la cámara se hubiese siquiera inventado, el de Fuendetodos (Zaragoza) muestra la crueldad del conflicto…”

Lo que Goya vio no fue sólo una rebelión popular o el inicio de la lucha independentista española, sino el comienzo de una nueva era en la que el imperio español, herido de muerte, utilizaría los aún muchos recursos a su alcance para liberarse de los dictados franceses, pagando a cambio con su salida del concierto de las naciones poderosas y la pérdida en los siguientes años de sus posesiones en ultramar.

El discurso liberal que invadió a España y de tanto sirvió para motivar a su pueblo para sostener la lucha contra Napoleón tuvo su reflejo natural en las colonias, en las que venturosamente al poco tiempo tomó vida y camino propios, conduciendo a las naciones americanas a un sendero sin retorno hacia su propia independencia.

La injusticia acumulada a lo largo de trescientos años de colonialismo, la difícil situación socioeconómica, así como la creciente pero aun en gestación identidad nacional, hicieron de México campo fértil para que la semilla de la libertad e independencia diera frutos.

Es por ello que en mucho contribuye el 2 de mayo de 1808 para entender con mayor claridad nuestro proceso independentista, pues para hacerlo es fundamental adentrarse tanto en los factores endógenos como en los exógenos que en él influyeron.

Así las cosas, la celebración de los españoles también debe ser nuestra, pues innegablemente fue uno de los principales detonadores de nuestra propia guerra de Independencia.

Pensar en la Nueva España de 1808 aislada del mundo es, simple y sencillamente, desconocer la influencia de una época, iniciada en 1776 con la independencia norteamericana, pasando por la revolución francesa de 1789, el pensamiento liberal de la ilustración y la presencia de las tropas y las ideas de Napoleón Bonaparte en la Europa de la época.

De la misma manera, sería impensable entender el México de la actualidad ajeno a un contexto geopolítico cambiante, en el que surgen nuevos actores, potencias nacionales y retos mundiales; caracterizado por la globalización económica y cultural y por la presencia de una nueva sociedad de la información.

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domingo, 20 de abril de 2008

Lo que usted diga señora ministra


El nuevo gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha generado gran revuelo en la opinión pública dentro y fuera de España.

La gran noticia es la composición del gabinete español, principalmente por la participación que en él tendrá el género femenino.

De los diecisiete ministerios que componen su gobierno, Zapatero ha decidido que nueve sean ocupados por mujeres y ocho por hombres.

Es la primera vez en la historia de España que la mayoría de las carteras son ocupadas por ministras y no por ministros.

Esta decisión implica, en palabras del presidente de gobierno, “el primero de muchos mensajes de una España que intenta pasar de ser plural a serlo unida y diversa”.

No se trata de un avance aislado sino del reflejo político de un fenómeno que ha ido permeando el tejido social con gran rapidez.

Los cargos jurados por las mujeres ante la Constitución y ante el Rey Juan Carlos I fueron los de Vicepresidenta Primera – segundo en importancia –, así como los ministerios de Fomento, Educación, Administraciones Públicas; Medio Ambiente, Defensa, Ciencia e Innovación; Vivienda e Igualdad.

Cuatro de las nueve ministras no lo habían sido en la pasada legislatura – primera de Zapatero, hoy reelecto –.

Por su impacto mediático y político, llaman especialmente la atención los nombramientos de las ministras de Defensa e Igualdad.

Carmen Chacón, originaria de Cataluña y con 37 años de edad, será la primera en ocupar la titularidad del Ministerio de Defensa en el que según cifras oficiales las mujeres ocupan un 12.3% de las posiciones; mismo que se disminuye hasta el 5.61% cuando se analiza la composición de los oficiales.

El momento en el que la ex Ministra de Vivienda dio su primera orden "Capitán, mande firmes. Y ahora digan conmigo: ¡Viva España! ¡Viva el Rey!", seguramente pasará a los anales de la historia española.

A la pregunta sobre lo inédito de su nombramiento respondió diciendo que "lo que era una anomalía es la exclusión de las mujeres en los puestos de responsabilidad".
Al acontecimiento, se suma el hecho de que Chacón se encuentre en avanzado estado de gestación – siete meses –.

Lo anterior, además de añadir un toque de singularidad a las gráficas captadas por los fotoperiodistas en el momento en el que Carme – su nombre en catalán – pasaba revista a las tropas, significa que en pocos meses habrá de solicitar su baja temporal por maternidad.

El segundo nombramiento cuyo impacto mediático resaltó entre los demás fue el de Bibiana Aído como titular del nuevo Ministerio de Igualdad.

Aído, originaria del Cádiz, cuenta con 31 años, lo que la convierte en la más joven de la historia en ocupar una cartera y en la primera ministra o ministro que nació durante la novel democracia española.

La política gaditana tiene frente a sí el gran reto de justificar plenamente la existencia de su ministerio a través de la implementación de una política aun más eficaz en materia de igualdad que permita mayores oportunidades para la juventud e impulsar y reducir al máximo la brecha salarial en el empleo femenino, “para eliminar la discriminación en todos lo ámbitos y por cualquier motivo”.

Apenas hace un año, el 15 de marzo de 2007, el parlamento español aprobó la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de las Mujeres y Hombres.

Esta ley plantea, entre otras muchas cosas, que las empresas con más de 250 trabajadores deben crear planes de igualdad, así como que gradualmente deberán incorporar un 40% de mujeres en los consejos de administración – hoy ocupan cuando mucho entre 8 y 10 por ciento.

Aunque las críticas que se hacen sobre la eficacia de esta norma han sido muchas, la mayoría son más bien instrumentales, por lo que no se plantea la posibilidad de renunciar a sus objetivos sino de cómo conseguirlos de manera más eficiente, demostrando que el éxito de este tipo de disposiciones depende del nivel de implantación que la cultura de igualdad tenga en la sociedad a la que se dirige.

El papel de la mujer en la sociedad española se ha transformado drásticamente en los últimos 30 años.

El 60.8% de los estudiantes de licenciatura y el 70.3% de diplomatura universitaria son mujeres.

Su participación en el mercado laboral se ha incrementado de forma relevante.
El porcentaje de mujeres con empleo remunerado fuera del hogar se ha incrementado en una y media veces en sólo 10 años – de un 35% en 1997 a más de 52% en 2007, mientras la de hombres ha subido un 16%.

La tasa de fecundidad pasó de 2.8 niños por mujer en edad en fértil en 1975 a 1.34 en 2005. Incluso menor que la europea que en el mismo periodo fue de 1.52. Cabe resaltar que la tasa de sustitución es de 2.1, lo que significa que debajo de ese valor la población total tiende a disminuir a menos que existan flujos migratorios que lo compensen.

Asimismo, el porcentaje de hijos fuera del matrimonio pasó, de ser prácticamente nulo en 1975 – un 2% –, a convertirse en el 27% de los nacidos en 2005. En el 87% de las familias monoparentales la mujer es la persona a cargo del hogar.

Por otra parte, el conteo permanente de victimas mortales de violencia machista no disminuye; sólo el 2.36% de empresas de la bolsa española son dirigidas por mujeres; y en todo el país ellos reciben por el mismo empleo un sueldo 30% mayor que el de ellas.

Seguramente los retos que deben encarar las recién incorporadas funcionarias no son mayores que los enfrentados por millones de mujeres que, sin contar con el glamour que otorga tan relevante posición política, sí luchan día con día contra las barreras que una sociedad tradicionalmente machista les ha impuesto.

Aun así, por su mensaje y contenido político, representa un avance importante para las españolas y debería serlo para el conjunto de las mujeres.
Un dato final: el 64% de las mujeres con un empleo remunerado también se hacen cargo de las labores del hogar, mientras sólo el 16% de los hombres en la misma situación lo hacen.

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domingo, 13 de abril de 2008

La hora de los consensos: los Pactos de la Moncloa


Desde que llegué a Madrid hace seis meses, una de las preguntas que he intentado responder ha sido ¿Qué hicieron los españoles para pasar, primeramente, de ser una dictadura a una democracia y, posteriormente, de ser un país en vías de desarrollo a uno desarrollado?

Queda claro que son muchos los elementos que contribuyeron tanto a la transición pacífica de España hacia la democracia a partir de la muerte del General Francisco Franco, a finales de 1975, como al consecuente éxito que el sistema resultante ha tenido en materia económica, política y social en las últimas tres décadas.

Sin embargo, dentro de esa multiplicidad de factores históricos y coyunturales que confluyeron para construir la España actual, existe uno en particular que en mi opinión explica en gran medida a todos los demás: el consenso político.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al consenso como el “Acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos”.

Con base en lo anterior, en un sistema democrático representativo podríamos definir al consenso político como “el acuerdo producido por consentimiento entre la gran mayoría de los representantes populares respecto de uno o varios temas que atañen a la comunidad”.

Así las cosas, durante la transición española el consenso fue, antes que un instrumento para lograr determinados fines, un objetivo en sí mismo, por lo que las diversas fuerzas políticas se comprometieron con él, antes que con las metas particulares que cada uno perseguía.

Existía en la España de la transición plena conciencia de que la mejor forma de alejarse del fantasma de la guerra civil era privilegiando el consenso político en los temas fundamentales.

Esto implicaba, la adopción de un enfoque posibilista – muy similar a aquella perspectiva mediante la cual se fundó la Unión Europea –, que consiste en centrarse en aquello sobre lo cual es posible o urgente trabajar y dejar de lado los temas que por su menor grado de trascendencia o por su alto contenido ideológico complicarían la toma de acuerdos.

Se asumía que el disenso y el consecuente debate eran deseables en la mayoría de las materias y que el propio sistema debía contener los mecanismos para garantizar la toma de decisiones cuando no fuera posible o deseable que todos los actores confluyeran en torno a un tema.

Es por ello que los asuntos sobre los cuales se buscó privilegiar el consenso fueron contados y muy limitados, dado que – además de ingenuo – pensar que todas las decisiones habrían de tomarse de esa manera hubiera atentado contra la pluralidad de ideas que requería la democracia que entonces se anhelaba.

El consenso político requirió, de cierta manera, aceptar que las diversas visiones sobre un mismo hecho habían fracasado con anterioridad. Fuera en conseguir los acuerdos necesarios para implementar su perspectiva particular o porque ésta, aún habiendo conseguido dichos acuerdos, no logró el cumplimiento de los objetivos planteados.

La búsqueda del consenso también implicaba la aceptación de que en política existen adversarios, no enemigos, así como la necesidad de abandonar la visión de vencedores y vencidos, por lo que cualquier acción tendiente al aniquilamiento de los “otros” pondría en grave riesgo la frágil estabilidad que en aquellos años se vivía.

Los españoles intentaron por todos los medios descartar la práctica histórica de resultados trágicos mediante la cual los “ganadores” de una elección imponían a los “perdedores” su propia visión mediante, por ejemplo, una nueva Constitución.

En los temas considerados de Estado, se renunció voluntariamente al poder que daba la mayoría y se buscó ante todo el consenso y la negociación.

Para lograrlo se requerían actores políticos con visión de Estado, que contaran con la capacidad de anteponer el diálogo y la reflexión, aun sabiendo que se contaba con el recurso ya sea de las armas, de las masas o de los votos en el parlamento.

Hombres como Adolfo Suárez, Presidente Gobierno a partir de 1976; Felipe González, líder del entonces opositor Partido Socialista Obrero Español (PSOE); o Santiago Carrillo, del Partido Comunista Español (PCE); fueron capaces de ceder en sus propias y quizá legítimas pretensiones a favor del consenso.

El PCE, por ejemplo, aceptó renunciar a su postura a favor de la restauración de la república y, por ende, a su histórica lucha contra la monarquía, para evitar la previsible reacción violenta de las fuerzas más conservadoras del antiguo régimen.

Gracias a los consensos, entre el 20 de noviembre de 1975 – fecha de la muerte Franco – y el 6 de diciembre de 1978 fue posible que las propias cortes franquistas aprobaran la Ley para la reforma política que, aprobada mediante referéndum ciudadano, las desapareció y condujo por el cauce legal el proceso de transición.

Esta ley permitió que en ese mismo periodo se celebraran las dos primeras elecciones generales democráticas, se aprobara una nueva Constitución – también por referéndum – y se pusieran las bases del desarrollo económico a través de los Pactos de la Moncloa.

Estos últimos, los de la Moncloa, firmados por todas las fuerzas políticas el 25 octubre de 1977, permitieron sentar las bases del desarrollo económico de España y hacer frente a una crisis económica que ponía en grave peligro a una democracia que apenas se gestaba.

Aunque estos pactos históricamente han sido vinculados a lo económico y social, así como al gran efecto estabilizador que tuvieron, los mismos contienen también un acuerdo jurídico y político, que aunque es menos conocido, no por ello es menos importante.

Actualmente, los españoles continúan anhelando aquello que denominan como el gran consenso nacional.

Durante la investidura de José Luis Rodríguez Zapatero la semana que recién concluyó, prácticamente todas las fuerzas políticas coincidieron en el hecho de recuperar el espíritu consensual de la transición de los setentas para hacer frente a los grandes retos que hoy enfrenta España: las autonomías, el terrorismo y la política sobre la Unión Europea.

Aunque personalmente, agregaría a estos tres el tema del agua – España es el país europeo que más resentirá los efectos del cambio climático y aún no se puede poner de acuerdo en cómo lo resolverá –, considero que su experiencia bien puede ser de utilidad para aquellos países en los que los temas trascendentales aun se abordan mediante la estricta aplicación de la fuerza de la mayoría, renunciando al diálogo político; o a través del uso de la fuerza, debilitando con ello las instituciones democráticas de representación.

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domingo, 6 de abril de 2008

Unión Europea: cambiando de aires


Los Estados Unidos de América están en franca recesión.

Salvo el presidente Bush y uno que otro despistado Ministro de Hacienda, la gran mayoría de analistas, instituciones financieras y, principalmente, ciudadanos de a pie están de acuerdo en el hecho de que la nación más poderosa del mundo está en crisis.

Como consecuencia lógica, la confianza de los consumidores va a la baja, no sólo en Norteamérica sino en Europa.

En España, por ejemplo, los últimos datos del Indicador de confianza del Consumidor son malos, como lo son los cálculos del Fondo Monetario Internacional, que estima que el precio de la vivienda bajará en este país en un veinte por ciento.

En un escenario global ciertamente pesimista, inevitablemente surge la pregunta – pocas veces contestada con seriedad – ¿Estamos preparados para afrontar una crisis mundial de esta índole?
Sabemos – aunque no tengamos muy claro en qué medida puedan defendernos de la inercia mundial – que nuestras reservas internacionales son numerosas, que el no tan nuestro sistema financiero se ha fortalecido y que las variables fundamentales de la macroeconomía se califican positivamente.

Así las cosas, considero que la pregunta que deberíamos formularnos los mexicanos en estos momentos es: ¿Podemos prepararnos mejor de lo que lo estamos actualmente para afrontar ésta y otras crisis globales que estén por venir?

A esta pregunta, sin dudarlo, respondería que sí e intentaré explicar por qué.

A pesar de lo difícil que resulte creerlo – principalmente para quienes las padecemos o hemos padecido – las crisis pueden dejar cosas buenas.

Una de estas cuestiones positivas no previstas – externalidades, dirían los economistas - es la posibilidad de hacer un alto en el camino y reflexionar en torno a las verdaderas razones por las que la desfavorable situación se ha presentado y a cuál ha sido nuestro propio papel en la misma.
Algunos llaman a este proceso autocrítica.

No se trata, aclaro, de utilizar esta colaboración para hacer una defensa a ultranza del estoicismo del insigne filósofo romano Séneca, ni de dejar ver los primeros esbozos de un libro de autoayuda – genero literario que mucho respeto me merece –, sino simple y sencillamente de tratar de puntualizar una situación que considero de vital importancia: para mejorar el futuro se requiere estar dispuesto a aprender de los errores del pasado.

Y quizá uno de los errores más frecuentes entre los muchos de los cuales tengamos que tomar lección sea el de apostar todos o la gran mayoría de nuestros recursos disponibles – sean estos humanos, materiales, intelectuales o físicos – a un solo escenario o posibilidad de éxito, cuya realización regularmente es incierta.

O lo que es lo mismo: no debemos poner todos los huevos en una sola canasta. Menos aún si se trata de nuestra economía y la “canasta” es un país en situación de crisis como Estados Unidos.

Es por ello que considero que el momento de crisis es propicio para cambiar de “aires” y replantear nuestra estrategia de relaciones comerciales y adaptarla al nuevo contexto de la economía global.

No sólo porque los estadounidenses estén en recesión, sino porque el mundo ha cambiado y con ello lo han hecho los potenciales socios con quienes hacer negocios.

Más aún si, por ejemplo, desde el año 2000 contamos con un tratado de libre comercio con el bloque económico más fuerte del mundo: la Unión Europea; al cual no hemos sacado todo el provecho posible.

Gracias al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, nuestras ventas a Estados Unidos y Canadá se quintuplicaron de 1994 a 2007; pasando de unos 40 mil a más de 220 mil millones de dólares anuales.

Mientras las ventas a nuestros vecinos del norte representan el 85% de nuestras exportaciones, las que hacemos a los europeos significan sólo el 5% – unos 12 mil millones de dólares en 2007 –.
Es decir, por cada dólar que vendemos a Europa, exportamos veinte a Norteamérica.

Para entender la dimensión de la gran oportunidad que no podemos darnos el lujo de dejar ir cabe mencionar que mientras Estados Unidos y Canadá tienen una población en conjunto de 330 millones de personas, los 27 países que integran la Unión Europea cuentan con 500 millones de habitantes.

El tamaño de las economías también nos puede dar una pista. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 2007 el Producto Interno Bruto de Estados Unidos y Canadá fue de unos 14.7 billones de dólares, casi exactamente igual al de la Unión Europea en el mismo periodo.

El FMI estima que a partir de 2008 el PIB de la UE será mayor al de América del Norte. Principalmente, si consideramos el hecho de que los últimos 12 países en integrarse a la Unión Europea, en su mayoría de Europa del este, actualmente no contribuyen en mucho al PIB, siendo previsible que sí lo hagan en un futuro próximo.

La lógica de proximidad, sobre la cual justificábamos el hecho de orientar todas nuestras baterías hacia los vecinos del norte gradualmente pierde vigencia y lo hace a nuestro favor y a la vez en nuestra contra.

A favor, porque la sociedad de la información y las comunicaciones, en la que sólo un clic nos separa de un país a miles de kilómetros, nos permite acortar distancias y acercarnos a mercados cuya lejanía geográfica prácticamente se nulifica gracias a un sistema global de intercambio de mercancías.

En contra, porque nuestros socios tradicionales también tienen acceso a este sistema “globalizado”, por lo que es factible que un empresario de El Paso, Texas, adquiera en China, al otro lado del mundo, una mercancía que podría comprar en México, justo al otro lado de la frontera.

Insisto: las crisis pueden servir de algo si estamos dispuestos a realizar autocrítica y aprender con ello de nuestros errores.
….
Entre la infinidad de cosas que nunca imaginamos que sucedieran cuando mi esposa Ana Lilia y yo decidimos venir a vivir a España, una de ellas fue la de tener la oportunidad de representar a México en un tema tan puntual como lo es el del sector empresarial.

Es por ello que el nombramiento como representante ante la Unión Europea que gentilmente hicieran en mi persona los consejeros de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicio y Turismo de la República Mexicana (CONCANACO) en su pasada reunión en el Distrito Federal, mucho me honra y compromete.

Sin lugar a dudas los retos y oportunidades de la relación entre México y la Unión Europea son inmensos. Espero sinceramente poder contribuir con un pequeño pero sentido granito de arena.

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sábado, 8 de marzo de 2008

Elecciones en España: abstencionismo vs. participación


El abstencionismo no gana elecciones ni recibe constancias de mayoría.

Lo hacen los partidos y los candidatos que ellos postulan.

Al menos no en las democracias electorales en las que las normas determinan que aquel que obtenga la mayoría de votos accederá al cargo de representación popular en disputa sin necesidad de un porcentaje mínimo de participación en las urnas.

Lo anterior no significa que no sea deseable para una mejor “calidad” de la democracia que la participación ciudadana en un proceso electoral se acerque lo más posible a un utópico ciento por ciento.

Claro que una alta participación y, por ende, un bajo abstencionismo deben por muchos motivos ser una aspiración social cuya construcción requiere la concurrencia de complejos y muy diversos factores.

Sin embargo, en mi opinión, este legítimo anhelo no puede estar por encima de otro de vital importancia para el funcionamiento de la democracia: el del reconocimiento expreso y claro de las reglas del juego por parte de los jugadores.

Por cierto, no hay peor juego que aquel en el que las reglas no son compartidas por todos los participantes.

En este escenario reina la confusión: los árbitros no pueden aplicar normas inexistentes o existentes no aceptadas; los equipos actúan sin saber a ciencia cierta los efectos de sus acciones; y, lo peor de todo, el público deseoso de un buen espectáculo termina por decepcionarse aun más de un juego al que asistió con regañadientes.

Ahora bien, el hecho de que el nivel de participación no pueda utilizarse como argumento para descalificar un proceso electoral, no significa que no tenga profundas consecuencias en el resultado final de la elección.

Está ampliamente comprobado que el nivel de participación ciudadana en las urnas afecta de manera diversa a partidos políticos y candidatos diferentes.

Dependiendo de la composición de sus votantes potenciales y de su voto duro el porcentaje de participación en las urnas beneficia a algunos partidos políticos mientras perjudica a otros.

Por lo tanto, es muy probable que el candidato ganador con un determinado nivel de abstencionismo no lo sea con otro.

Las elecciones generales que se celebran el día de hoy en España son un claro ejemplo de lo anterior.

La reelección como Presidente de José Luis Rodríguez Zapatero del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), o el arribo de Mariano Rajoy del Partido Popular (PP) dependen en gran medida de la cantidad de españoles que acudan a las urnas este domingo 9 de marzo.

Es importante aclarar que se trata de una elección diferente a la elección presidencial mexicana.

España tiene un sistema de gobierno parlamentario, lo que implica – entre otras muchas cosas – que los ciudadanos elegirán a sus diputados y que el partido político que cuente con el mayor número de asientos en el Congreso estará en posibilidad de formar gobierno y, por lo tanto, de nombrar al presidente español.

Se eligen trescientos cincuenta diputados y se necesita la mitad más uno para formar gobierno. Si ningún partido obtiene la mayoría absoluta, siento setenta y seis, deberá aliarse con otros para elegir presidente.

Existen doce partidos políticos compitiendo por escaños en el congreso español. Esto puede resultar engañoso dado que en la última elección (2004) el Partido Popular obtuvo 148 escaños y el Partido Socialista Obrero Español 164. Entre los dos obtuvieron 312 diputados, el 89% de las curules.

Apuntado lo anterior, retomo la cuestión inicial: ¿Por qué la participación electoral afecta claramente el resultado de la elección?

La primera parte de la respuesta viene del tipo de votantes a los que se dirige cada uno de los dos partidos políticos mayoritarios.

El discurso del Partido Popular, más conservador e ideológicamente de derechas, es compartido por muchos menos españoles que los que están de acuerdo con el discurso progresista y de izquierda del Partido Socialista Obrero Español.

Por lo tanto, los votantes potenciales del PSOE son muchos más que los del PP. Sin embargo, en tanto el PSOE debe competir por los votos con otros partidos que se dirigen al mismo tipo de público como Izquierda Unida o los nacionalistas del País Vasco o Cataluña, el PP prácticamente no tiene competencia en el segmento que le corresponde.

El nivel de fidelidad de los votantes constituye el segundo elemento explicativo.

Los votantes del PP tienen un mucho mayor nivel de fidelidad que los del PSOE, lo que se ve reflejado en el hecho de que su asistencia a las urnas es mucho más consistente.

En las últimas tres elecciones generales la cantidad de votos del Partido Popular prácticamente no ha variado mientras que los del Partido Socialista Obrero Español sí.

En 1996 el PP obtuvo 9.7 millones de votos, el PSOE 9.4; en el año 2000 el PP recibió 10.3 millones de votos mientras que el PSOE recibió sólo 7.9; en 2004 – tres días después de los atentados de Atocha - el PP obtuvo 9.6 millones de votos y el PSOE 10.9.

La tercera parte de la respuesta es la facilidad de movilizar a unos y otros votantes. Es importante aclarar que el término movilizar se refiere a la posibilidad de motivar a la ciudadanía mediante una campaña lo suficientemente potente para votar efectivamente a favor de uno u otro candidato o partido.

Es más difícil convencer a un español de izquierda de cancelar su plan familiar de fin de semana para que vaya a votar, que a uno de derecha cuya idea desde meses atrás es precisamente ir a las urnas.

Los resultados de las elecciones del año 2004 muestran con claridad lo anterior. Los atentados islamistas de Atocha no afectaron la votación del PP, mientras que el PSOE sorprendentemente pasó de 7.9 a 10.9 millones de votos.

La suma de estos tres elementos nos permite deducir casi automáticamente las estrategias de campaña adoptadas por uno y otro partido.

El PSOE de Rodríguez Zapatero ha enfocado sus recursos a intentar incrementar la participación de los votantes de izquierda, mediante una campaña sumamente optimista que en resumen invita a los ciudadanos a votar, sin importar por quién lo hagan – PP incluido.

Por el contrario, el Partido Popular y su candidato Mariano Rajoy, han orientado sus baterías a garantizar su voto duro, sin dejar de lado algunos esfuerzos esporádicos por arrebatar al PSOE algunos votantes indecisos de centro.

La campaña del PP ha sido más agresiva y parece apostar por el abstencionismo, a sabiendas de que su fiel electorado acudirá a votar, mientras los votantes de izquierda probablemente no lo harán.

Cabe mencionar que el estratega de Mariano Rajoy es el polémico Antonio Solá, quien asesoró durante su campaña al Presidente Felipe Calderón. Me resultó muy conocido escuchar que “Rodríguez Zapatero es un peligro para España”.

¿Cuál será el resultado de la elección? La mayoría de los expertos coincide en señalar que depende casi enteramente del nivel de participación en las urnas.

El umbral se encuentra en el 71% de participación ciudadana. En este escenario el PSOE ganaría por un diputado – 162 contra 161 –. Un porcentaje superior también significaría la reelección de Rodríguez Zapatero.

Si la votación fuera mayor al 77% el PSOE ganaría además la mayoría absoluta, con lo que estaría en posibilidad de formar gobierno sin necesidad de aliarse con los partidos pequeños, en su mayoría nacionalistas – canarios, vascos, catalanes, gallegos y otros.

Cualquier participación debajo del 71% le daría la victoria al Partido Popular.

Es importante considerar que estas estimaciones se basan fundamentalmente en el hecho de que los votos a favor del Partido Popular se mantienen fijos, independientes de la participación, y los del PSOE se modifican en virtud de la misma.

Cualquier suceso extraordinario que afectara el nivel de participación ciudadana – como lo fueron los atentados de Atocha – influiría en el resultado de las elecciones.

Desafortunadamente, no es algo que pueda descartarse en España. Justo el viernes 7 de marzo, la banda terrorista ETA mató de nuevo en el País Vasco. Su objetivo y víctima: un ex concejal del PSOE.

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lunes, 3 de marzo de 2008

El sistema de salud en España


Pocas veces pensamos en la posibilidad de enfermar. Generalmente planeamos nuestras vidas sin considerar que esto pueda suceder.

Quizá sea porque nos resulte más reconfortante pensar en un futuro sin este tipo de incidentes que en uno – evidentemente más realista – en el que se presente un malestar al menos una que otra vez.

Un letrero en la casa de los padres de un entrañable amigo resume con singular simplicidad esta actitud. “Que en esta casa nunca entre ni un abogado ni un doctor”, reza el pequeño cartel.

Como si en realidad dependiera al ciento por ciento de nosotros, omitimos de nuestro plan de vida un hecho que preferimos considerar de realización incierta.

Tal como lo comprobé en carne propia esta semana, en realidad lo único incierto de las enfermedades es la fecha y forma en que se presentarán. Todo lo demás relacionado con ellas es absolutamente previsible: tarde o temprano enfermaremos, es algo natural.

En el mejor de los casos, como afortunadamente me sucedió, luego de algunos días de reposo estaremos en posibilidad de retomar nuestras respectivas actividades, deseando que el siguiente evento de estas características no se presente o al menos no lo haga pronto.

El asunto es que poco estamos preparados para afrontar las múltiples consecuencias de una enfermedad.

Nuestras posibilidades de acceso a la atención médica fundamentalmente dependen de una combinación entre los recursos personales que podamos destinar a este rubro y los medios que diversas áreas gubernamentales pongan a nuestra disposición para el cuidado y atención de la salud.

Los modelos de atención sanitaria de los países son diversos y la diferencia estriba, básicamente, en qué tanta importancia dan a uno u otro recurso.

En algunas naciones, como Estados Unidos de Norteamérica, el modelo de atención a la salud privilegia la asunción de la responsabilidad individual para hacer frente a las necesidades propias.
El estadounidense está construido sobre la base de que, salvo muy contadas excepciones, cada quien recibirá la atención médica que pueda pagar, ya sea porque cuenta con un seguro médico o porque dispone de los recursos económicos necesarios para saldar sus cuentas.

El financiamiento de este tipo de modelos se realiza principalmente mediante contribuciones de los propios beneficiarios vinculadas a su trabajo.

Por el contrario, en los países europeos se estima que el Estado debe intervenir para reparar situaciones de necesidad.

Se considera que la salud es un bien público cuyo cuidado merece que el gobierno destine los recursos necesarios para su provisión.

Obviamente estos sistemas demandan un esfuerzo social mucho mayor y se financian a través de los ingresos del gobierno que en su mayoría son impuestos generales.

Dentro de los modelos de atención sanitaria europeos el español es quizá el más completo pero también el más caro de mantener.

Por el simple hecho de darse de alta en el padrón del municipio en el que se habita, se tiene derecho a acudir a una oficina del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales para recibir un número de seguridad social y estar así en posibilidad de recibir atención médica universal y gratuita.

Una vez se cuente con el número de afiliación es necesario acudir al centro sanitario que a cada quien corresponde según su domicilio para que se asigne una tarjeta sanitaria y un médico familiar que será el responsable de canalizar la atención que cada miembro de la familia pudiese necesitar.

Ni la inscripción en la seguridad social ni la obtención de la tarjeta sanitaria dependen de que quien hace el trámite trabaje. Si en efecto labora, deberá aportar las cuotas correspondientes, pero si no lo hace recibirá la misma atención.

Esta cuestión es la que convierte al sistema español en un modelo tan caro de sostener. Se destina para su funcionamiento cerca del 7% del producto Interno Bruto cada año – unos 60 mil millones de euros.

Si consideramos que en los últimos diez años la población de España ha crecido en cerca de 5 millones de personas; que después de los Estados Unidos es el país que más inmigrantes recibe en el mundo; y que por el simple hecho de contar con un domicilio español cualquier persona puede darse de alta en la seguridad social, nos podremos dar una idea de la medida en que ha crecido la factura sanitaria que los españoles cubren cada año con sus impuestos.

Ahora bien, sería injusto culpabilizar a los inmigrantes de esta situación, pues la gran mayoría de ellos se encuentran trabajando y aportan las cuotas de seguridad social que les corresponden.
Sin embargo, existen otras conductas que sí pueden considerarse abusos al sistema nacional de salud.

Por ejemplo, muchos ciudadanos ingleses que en su país no tienen derecho a hacerlo – el modelo es más restrictivo y similar al norteamericano – se las ingenian para encontrar la manera de realizarse, cortesía de los contribuyentes españoles, las operaciones de cambio de “bypass” cardiaco que tan onerosas son en cualquier país del mundo. El sistema lo permite y no han perdido oportunidad para hacerlo.

Similar revuelo causa el catálogo de situaciones médicas a las que debe responder la sanidad española.

La polémica va desde adquirir o no vacunas extremadamente caras para evitar enfermedades cuya incidencia es nula o casi nula, hasta la altamente controvertida cirugía de cambio de sexo a la cual tienen derecho los españoles de muchas comunidades autónomas.

El incremento desmedido de la demanda de atención médica ha originado que el sistema de salud pública responda a través de la forma más tradicional de racionalizar los servicios gubernamentales: largas filas han aparecido en los centros de atención sanitaria; los servicios de urgencia se encuentran saturados; y los trámites burocráticos complican la atención a la población.

Muchos españoles han optado por contratar por cuenta propia la atención básica.

La empresa Sanitas, dedicada a proveer atención médica privada, cotiza en la bolsa española y es altamente rentable.

La opción: si requieren un médico para atenderse una gripe o una lesión leve, los españoles van a sanitas; si lo que requieren es una cirugía mayor, acuden a la seguridad social, esperando ser atendidos lo antes posible.

Por cierto, para obtener el visado respectivo los estudiantes extranjeros debemos contar con un seguro de gastos médicos que garantice nuestra atención médica mientras nos encontramos en España, así como los gastos de repatriación en el nada deseable caso de hacerlo en la situación tan alegremente tratada por la canción: “México lindo y querido, si muero lejos de ti…”

Muchos son los retos a los que se enfrentan los sistemas de salud en todo el mundo.

De nada sirve plantear un sistema cuyo objetivo sea la universalidad si en los hechos no se cuenta con los recursos necesarios para garantizar el acceso a la población o si estos recursos son gestionados con ineficiencia.

De igual manera, un modelo altamente eficiente que no considere la existencia de desigualdades sociales, puede dejar fuera de la atención sanitaria a aquellos que no cuentan con recursos propios para atender sus necesidades sanitarias básicas.

Lo fundamental es tener claro cuál es el modelo de atención a la salud al que se aspira y cuáles los recursos y compromisos sociales para alcanzarlo. Sea cual fuere el modelo que se adopte se debe garantizar su eficacia, eficiencia y sustentabilidad en el largo plazo.

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lunes, 18 de febrero de 2008

Las elecciones de lo inmediato


Aunque personalmente no comparto su opinión, según los expertos en mercadotecnia política el mayor tesoro de un candidato a un cargo de elección popular es la promesa de campaña.

Gracias a ella, los candidatos pueden transmitir a un electorado cada vez más diferenciado y alejado de la política la oferta electoral que teóricamente traducirán en acciones en caso de verse favorecidos con el voto.

Los ciudadanos, por su parte, están en posibilidad de votar a los candidatos cuya promesa electoral más les convenza o por aquellos cuyos antecedentes personales o partidistas permitan prever que cumplirán al menos una parte importante de lo que han prometido.

Los problemas surgen cuando, una vez electos, quienes solicitaron y obtuvieron el voto popular se percatan de su incapacidad para cumplir aquello a lo que se comprometieron –en el mejor de los casos debido a la falta de recursos; en el peor, porque simple y sencillamente mintieron –, o de algo que considero más grave aún: la superficialidad y bajo impacto de sus propuestas.


Es en este momento en el que la innegable fuerza de la promesa de campaña se revierte en contra de aquel que la realizó, del propio sistema político y de la sociedad en su conjunto.

Con la intención de no pagar los costos electorales de la falta de propuestas o los costos políticos del incumplimiento de las mismas, los candidatos y sus partidos optan por construir una oferta electoral endeble, con una visión de largo plazo nula o casi nula.

En el ánimo de obtener el mayor número de votos se sacrifica el porvenir y se dejan de lado las propuestas de largo alcance que tanto se requieren.

El pragmatismo de lo inmediato triunfa sobre la visión de futuro.

La búsqueda del interés general cede su lugar a la satisfacción de intereses particulares e incluso de clientelas políticas, anulando así la posibilidad de construir un mejor mañana.

Es cierto que en un contexto democrático liberal tampoco sería correcto ni legítimo sacrificar a las generaciones presentes, que votan, en pos de las que aún no existen y no lo hacen.

Lo que es un hecho es que mucho debe preocupar que la suma de las promesas de lo inmediato, en lugar de plantear un futuro más sólido, lo comprometan e hipotequen.

De algo similar han sido acusados los dos partidos políticos más importantes de España en las últimas semanas.

El 9 de marzo próximo habrá elecciones generales. El parlamento español se renovará en su totalidad.


Dado que este país es una democracia parlamentaria, el dirigente del partido político que logre contar con la mitad más uno de los escaños en el Congreso de los Diputados será el próximo presidente de España.

Es por ello que los dos principales institutos políticos, el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español se han apresurado a lanzar al electorado sus promesas de campaña.

Ya se ven por Madrid y por todo el país espectaculares con las fotografías de José Luis Rodríguez Zapatero del PSOE, quien busca la reelección; así como de Mariano Rajoy del PP, que busca la revancha de las elecciones de hace cuatro años, que estuvieron marcadas por los atentados de Atocha, que sólo tres días antes habían conmocionado a España y al mundo.

A pesar de que en teoría la campaña electoral inicia hasta el 22 de febrero – sólo duran tres semanas – los medios de comunicación están saturados de cortes de listones por toda la península y de noticias relacionadas con las próximas elecciones.

Con singular soltura, si Mariano Rajoy propone pasar de 140 a 160 mil efectivos de policía y guardia civil, casi inmediatamente Rodríguez Zapatero incrementa la oferta a 180 mil.

Si el PSOE propone ampliar a más de un millón de familias la ayuda anual de 500 euros por cada hijo menor de 3 años y de 300 euros por cada menor de 18 años, el PP hace lo propio, planteando una rebaja general de impuestos o atención buco dental gratuita a los menores de 18 y mayores de 65.

La frase de Julián Álvarez, candidato a la Junta de Andalucía por la minoritaria Coalición Andalucista, definió correctamente la situación como una “subasta de dinero”.


No olvidemos que actualmente las finanzas españolas se encuentran en un periodo de auge. Al estado español le sobran cerca de 30 mil millones de euros cada año – casi la mitad de la deuda externa de México –, así que los partidos se han apresurado a encontrar la forma de gastarlo.

La imaginación y altruismo de los aspirantes se ha visto altamente estimulada en los últimos días.

Las cifras de la encuesta realizada por el prestigiado Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), dadas a conocer esta semana, otorgan al PSOE un 40.2% de los votos, contra un 38.7% del PP; prácticamente un empate técnico.

Incluso el Partido Popular, que había aplazado su decisión, ha aceptado participar en los dos debates televisivos que se llevarán a cabo el 25 de febrero y el 3 marzo siguientes.

Por cierto, hablando de televisión, muy criticado fue el actuar del presidente José Luis Rodríguez Zapatero durante la entrevista que le realizó el respetado periodista Iñaki Gabilondo.

Terminada la entrevista, Zapatero no se percató que aún le gravaban, olvidando aquella primera regla de cualquier curso básico de técnicas de comunicación que indica que, salvo muy contadas excepciones, no hay micrófonos apagados.

Cuando su entrevistador le preguntó “en corto” cómo iban las cosas, el líder del PSOE se apresuró a responder: “Bien… sin problemas, lo que pasa es que lo que nos conviene es que haya tensión”.

En un país en el que la “tensión” política se ha llegado a manifestar no pocas veces mediante un atentado con bomba, es evidente que la desafortunada frase causó gran polémica, pues se acusó a Rodríguez Zapatero de generar intencionadamente un ambiente de crispación y polarización política.

El resultado está a la vista y se ve reflejado en la propia encuesta del Centro de Investigaciones Sociales.

Cuando se preguntó a los más de 18 mil encuestados qué tanto valoraban la política su respuesta fue: Mucho 5.6%, bastante 23.9%, poco 38.7% y nada 31.0%.

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lunes, 11 de febrero de 2008

Manifestarse ¿Por qué no?


El pasado lunes 4 de febrero tuve el gusto de acudir por primera vez a una manifestación popular.


Días antes, mi compañero del postgrado, el colombiano Manuel Augusto Calderón, se había encargado de convocar a todos los miembros de la clase al evento.


El objetivo era repudiar la violencia que el grupo terrorista denominado Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ejerce en contra de la población de su país.


La movilización sería una de las más de ciento treinta que el mismo día se llevarían a cabo en igual número de ciudades de todo el mundo.


Tal como se lo comenté a Manuel, cuando amablemente me extendió la invitación, a pesar de haber estado presente en un sinnúmero de eventos políticos o partidistas, en ninguna ocasión había acudido a un acto de la naturaleza del que me invitaba.


En realidad nunca había reparado en lo anterior. No porque en México no existieran suficientes razones como para manifestarse, sencillamente porque ni había sido invitado a algo similar, ni había pasado por mi mente hacerlo. Quizá no tenía el “chip de la manifestación”, pensé.


Así las cosas, el día indicado acudí al centro de la ciudad junto con mis compañeros y un grupo de amigos mexicanos, que por esas fechas se encontraban en Madrid y extrañados habían aceptado mi invitación a manifestarnos, no sin antes someterme a un intenso interrogatorio que intentaba descubrir las razones “ocultas” detrás de mi inusual convocatoria.


La sorpresa de mis invitados estaba plenamente justificada. A pesar de que los artículos sexto y noveno de la constitución garantizan la posibilidad de manifestar nuestras ideas y de reunirnos pacíficamente para hacerlo, la mayoría de los mexicanos nunca lo hemos hecho. Quizá el ejercicio pleno de nuestros derechos siga la misma lógica de la frase “músculo que no se usa, se atrofia”, dijo uno de los convidados.


Pasadas las dieciocho horas y con pancarta en mano –la consigna era “Sí a la libertad, sí a la verdad, sí a la vida, Colombia sin FARC”–, el heterogéneo grupo de latinoamericanos que conformábamos llegó a la famosa Plaza Mayor de Madrid.


Fuimos recibidos por un Manuel emocionado de saberse apoyado por aquellos a quienes conocía apenas hace tres meses.


Su causa, nuestra causa, era la de millones de colombianos que en todo el mundo lograban congregar a multitud de ciudadanos libres alrededor del rechazo a un grupo que en pleno siglo XXI mantiene secuestradas en la oscuridad a más de 750 personas.
Muchos nombres se suman a los internacionalmente conocidos, como el de la ex candidata a la vicepresidencia de Colombia, Ingrid Betancourt, cuya liberación ha sido asumida como un reto personal por el Presidente de Francia Nicolás Sarkozy.


Integran la lista de secuestrados profesionistas, empresarios, trabajadores y políticos; mujeres, hombres, niñas y niños nacidas en cautiverio; todos ellos hermanos, hijos, madres, padres o esposos amados y esperados con fervor en sus respectivos hogares.


Mientras se llevaba a cabo el evento, que en Madrid congregó a más de dos mil personas, Manuel Calderón –que en su país trabajó para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, me explicaba que la organización mundial de la marcha tuvo que sortear muchos contratiempos.


–Casi todos los partidos políticos colombianos buscaron condenar o adjudicarse la paternidad del movimiento, que en realidad surgió y se organizó a través de internet–, me explicó.


Quizá sea ésta una de las razones por las que este tipo de expresiones no se encuentran arraigadas con firmeza en todos los países de Latinoamérica.


Es extremadamente difícil pensar en una manifestación que no tenga tras de sí a un partido político. La gran mayoría de los ciudadanos, principalmente los más jóvenes, a pesar de votarlo no militan en uno, por lo que optan por no participar, a pesar de tener una posición clara sobre un problema en particular.


En Europa la situación es diferente. La que se denomina como participación política no convencional –que incluye, entre otras, a las manifestaciones públicas pacíficas– es tan importante como la convencional, cuya máxima expresión es el ejercicio del derecho al voto.


En España, por ejemplo, según cifras del Centro de Investigaciones Sociológicas –organismo del Estado español responsable de realizar encuestas y otros tipos de estudios de opinión–, los menores de 35 años tienden a elegir la protesta como principal medio de participación política y sólo el 7% ha asistido a una reunión política o a un mitin.


“El verdadero enemigo es la indiferencia”, decía a un periodista de CNN un emocionado joven colombiano que se había enterado del evento a través de internet.
Una frase del Coronel Luis Mendeta, secuestrado desde hace 9 años, otorgaba razón de ser a la marcha: "No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno".


No pude evitarlo. Mi casi enfermiza obsesión por trasladar todo al terreno de México, me llevó inevitablemente a las dantescas imágenes, ya cotidianas en nuestro país, de aquellos que caen bajo el fuego de los “cuernos de chivo” que blanden los señores de la muerte del narcotráfico.


Me pregunto: ¿Nos estaremos acostumbrando?


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domingo, 3 de febrero de 2008

El tesoro de Capa en México


Robert Capa es considerado el fotógrafo de guerra más famoso del Siglo XX.


Son memorables sus fotografías del desembarco aliado en Normandía, el 6 de junio de 1944; o “Muerte de un miliciano”, en la que un soldado republicano de la guerra civil española cae inerte en el momento justo en el que es captada la gráfica.


Su frase: “Si tu foto no es bastante buena, es que no estabas lo suficientemente cerca”, define la esencia y razón de ser de los reporteros gráficos.


Confieso que poco o nada sabía del célebre Capa hasta hace pocos días, cuando su nombre acaparó los titulares de los medios de comunicación españoles.


La noticia: el descubrimiento de tres cajas, consideradas perdidas por los historiadores, que contenían negativos de los fotoperiodistas Gerda Taro, David Seymour y Robert Capa.


De acuerdo con el diario The New York Times, el descubrimiento fue definido por Brian Wallis, director del Centro Internacional de Fotografía de esa ciudad estadounidense, como “el Santo Grial de la fotografía”.


La noticia no es menos importante para España. Las tres cajas contienen imágenes de incalculable valor para la reconstrucción histórica de la guerra civil española.


La posibilidad de encontrar información que se consideraba perdida fascina a historiadores y fotógrafos de todo el mundo.


A la ya de por sí impresionante noticia, se suma un hecho que fortalece aún más mi convicción personal de que los vínculos entre nuestro país y el lugar que hoy me acoge junto con mi familia son inagotables: los tres maletines fueron encontrados en México.


Resulta que Capa –su nombre real era Endre Fiedman–, después de haber estado en España entre 1936 y 1939, se encontraba en Francia, de donde tuvo que huir rumbo a Estados Unidos ante la inminente llegada del ejercito nazi; dejando tras de sí los negativos que hoy se conocen como “la maleta mexicana”.


Mucho debe haber dolido al joven fotógrafo –que en ese entonces contaba apenas con veintiséis años– abandonar el material.


Además de las imágenes que retrataban la guerra civil española, a la que siempre consideró la más cruel de todas las que le toco vivir, las cajas contenían diversas fotografías personales realizadas por Capa a Gerda Taro –cuyo verdadero nombre era Gerta Pohorylle–, periodista gráfica y compañera sentimental muerta a los veintiséis en Madrid en 1937.


De alguna manera, en 1940 las cajas con los negativos llegaron a manos del general Francisco Javier Aguilar González, quien entonces era parte del cuerpo diplomático mexicano destacado en Francia.


En aquel entonces nuestros diplomáticos se las ingeniaban para cumplir la instrucción del Presidente Lázaro Cárdenas de dar asilo a los refugiados españoles, cuya estancia en España significaba una muerte segura bajo el fúsil de las tropas franquistas.


De hecho David Seymour –sobrenombrado “Chim”, muerto en 1956 durante la crisis del Suez por soldados egipcios–, tercer fotoperiodista con material en la “maleta mexicana”, viajo con posterioridad a México para cubrir el desembarco de los refugiados españoles.


También lo hizo Capa. No se sabe si en nuestro país buscaron su tesoro. Al parecer lo daban por perdido.


El caso es que el General Aguilar –quien, según cuenta su familia, luchó al lado de Pancho Villa y era un excelente jinete que en alguna ocasión domó un caballo para la hija del Emperador Hirohito del Japón–, mandó el material a México, en donde pasó desapercibido durante muchos años.


Después de la muerte de Aguilar, sus familiares conservaron las cajas sin saber a ciencia cierta el valor de su contenido. Al percatarse del mismo, contactaron a la curadora de arte y cineasta residente en México Trisha Ziff.


Ziff –casada un fotógrafo que siendo muy niño se exilió de España rumbo a México–, consciente de lo que significaban los 127 rollos y 3,000 negativos que tenía ante sí inició, con la aprobación de la familia del general Aguilar, las gestiones para devolverlos a sus legítimos dueños.


Cuando en 1947 Capa y Chim fundaron la agencia de fotoperiodismo “Mágnum”, bajo la premisa de que un fotógrafo no era nadie si no era el dueño de sus negativos, adelantando el concepto del Copyright, no contemplaron que sus herederos pudieran bajo ese principio recuperar las maletas que creían extraviadas para siempre en Francia.


Seguramente tampoco imaginaron el extraordinario papel que jugaría México en la recuperación de un material que se convirtió en un exiliado más de la guerra civil española.


En una entrevista concedida al Periodico de Catalunya la propia Ziff –que voló a Nueva York junto con su pequeño hijo para entregar la “maleta mexicana” al hermano de Capa–, deja claro el verdadero fondo de esta peliculesca historia: “Para mí era muy simbólico que el hijo de un exiliado español entregara los negativos. México siempre abrió sus puertas a los refugiados, les dio un espacio de protección, por eso los negativos terminaron allí.”


Finalmente, Robert Capa, el periodista gráfico originario de Hungría que conquistó a la actriz Ingrid Bergman, que bebió, conoció o fue amigo de García Lorca, Hemingway, Picasso y Steinbeck, murió el 25 de mayo de 1954 en Thai Binh, Indochina –hoy Vietnam– al pisar una mina que explotó cuando cubría para la revista “Life” una guerra que apenas comenzaba.


Cincuenta y tres años después de su muerte, el tesoro perdido de Capa y de los españoles, es recuperado gracias a un general que combatió al lado de Pancho Villa, cuyo país, nuestro país, puede enorgullecerse de poder mirar de frente y con dignidad a un mundo cada vez más insensible y acostumbrado a que imágenes, como las captadas por los tres jóvenes fotógrafos que dieron la vida por aquello que amaban, se repitan día con día.

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lunes, 28 de enero de 2008

Crisis financiera: crónica de una muerte anunciada


Cual Santiago Nasar en la obra del premio Nóbel García Márquez, la historia que se vivió en los mercados financieros internacionales esta semana fue, sin lugar a dudas, la crónica de una muerte anunciada.

Regularmente, lo que es evidente para la mayoría de las personas comunes, no sólo para los especialistas, suele convertirse en realidad.

En colaboraciones anteriores, me permití apuntar lo que entonces observé previsible: se avecinaba una crisis.

No se trataba de un gran hallazgo, fruto de intrincadas investigaciones, sino de algo que resaltaba como obvio para la mayoría de los españoles con los que tenía oportunidad de charlar.

Aunque no lo querían asumir, era un secreto a voces que la bonanza pronto cedería su lugar – en el mejor de los casos – a una etapa de crecimiento moderado, a una ralentización económica.

Desde el segundo semestre de 2007, el mercado inmobiliario, principal impulsor del desarrollo económico español, empezaba a mostrar signos de debilidad.

La “invasión del ladrillo” – como denominan en este país al desmesurado crecimiento de nuevos edificios de apartamentos – daba paso a la “crisis del ladrillo”.

Concluía una época de tremenda especulación, en la que una vivienda, aún sin construir, llegaba a ser vendida hasta en tres ocasiones antes de ser terminada, generando en el camino ganancias exorbitantes para quienes participaban en el proceso.

A factores internos como los ya señalados, se sumaron factores externos que poco dependen de los españoles.

La crisis de las subprime o hipotecas “basura”, que ha conmocionado a los Estados Unidos y tiene en el ojo del huracán a grandes grupos financieros como Merril Lynch o Citigroup, se acercaba, cual tsunami, a los mercados financieros de todo el mundo, sin que estos supieran con certeza la fuerza con que serían golpeados.

Tan sólo Citigroup – propietario de Banamex – ha perdido 50% de su valor y colocado como incobrables deudas a su favor por 20 mil millones de dólares.

Finalmente, el lunes 21 de enero de 2008 el Tsunami tocó tierra – al menos la primera sus olas– en el que será recordado en España como el día en el que más ha caído el principal índice de referencia de la bolsa española, que agrupa a las treinta y cinco empresas más importantes del país.

Ese día el IBEX 35 caía 7.54%, a la par de prácticamente todas las bolsas de valores del mundo.
Luego de meses de lucha, la incertidumbre y la volatilidad tomaban finalmente el control de los mercados.

De no haber sido por la decisión tomada al día siguiente – el martes 22 de enero– por la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) de bajar los tipos de interés en tres cuartos de punto, para colocarlos en 3.5%, lo más seguro hubiera sido que los mercados continuaran su caída.

Para entender el tamaño del problema, puede ser útil comprender la magnitud de la decisión tomada por la FED: bajar de esa manera los tipos es una medida extraordinaria.

Se trata, por ubicarlo en un contexto farmacéutico, de un medicamento que sólo se utiliza en casos en los que el paciente prácticamente está a punto de morir.

La última vez que la FED bajó los tipos de interés de esa manera, en septiembre de 2001, lo hacía intentando detener la caída que provocaba en los mercados otra caída: la de las torres gemelas de Nueva York.

Siguiendo la analogía farmacéutica, nos encontramos frente a un paciente que, aunque resucitado, aun se encuentra en cuidados intensivos ante un doctor que, a pesar del respiro, sabe que el botiquín está casi vacío y ruega a Dios que la última medicina prescrita surta el efecto deseado.

No todos los tratamientos han funcionado: justo el viernes anterior a la caída de las bolsas, el presidente norteamericano había anunciado con bombo y platillo un paquete de medidas por 145 mil millones de dólares tendientes a evitar la recesión de la economía estadounidense.

Como lo esperaba Bush, la respuesta del mercado fue contundente.

El problema fue que la contundencia fue exactamente en sentido contrario al deseado: los inversionistas confirmaron que se avecinaba una crisis y observaron como insuficientes las medidas que se anunciaban para frenarla, por lo que decidieron vender sus acciones y salir en lo posible de los mercados financieros, lo que provocó la caída de las bolsas de todo el mundo.

A final de la semana, gracias a la maniobra de la Reserva Federal, los indicadores parecían mostrar una cierta estabilidad en los mercados, aunque la volatilidad continuaba.

El jueves 24, siguiendo una tendencia mundial, el IBEX 35 español se recuperaba al lograr el mayor incremento de su historia, un 6.95%.

El margen de maniobra es cada vez más estrecho: los tipos de las tasas de interés no se pueden disminuir infinitamente.

Lo más deseable es que las medidas tomadas por la FED surtan un efecto, además de positivo, duradero. De poco servirá una acción cuyo efecto favorable sea de sólo unos cuantos días.

Desafortunadamente aun es muy temprano para cantar victoria. Más aún con las últimas noticias que se han dado a conocer, dos de las cuales tendrán consecuencias todavía más negativas en la confianza de los inversionistas y de la ciudadanía en general.

La primera nueva mala noticia es la referente al fraude de 4,900 millones de euros cometido en contra del segundo banco más grande de Francia, Societe Generale.

Lo impactante del caso, además del monto, es que el fraude en cuestión fue cometido por un funcionario del banco de treinta y un años de edad, que fue capaz de violar prácticamente todas las medidas de control interno y ocasionar un hoyo de casi 5 mil millones de euros – unos 7,500 millones de dólares – a una institución de gran prestigio.

La segunda nueva mala noticia incumbe a España. Se ha dado a conocer que la tasa de desempleo ha crecido más de lo esperado, colocándose en un 8.6%. Casi 2 millones de españoles se encuentran en paro.

Independientemente de las repercusiones de esta noticia en España, preocupa que la tendencia se repita en toda Europa, lo que implicaría un nuevo riesgo para la estabilidad económica.

Una recesión en la economía estadounidense es una pésima noticia, como también lo sería una recesión en la economía europea.

Ambas economías en recesión son, quizá, una de las peores noticias que la economía internacional podría recibir, dado que entre las dos concentran prácticamente la mitad de la economía mundial.

Con base en lo anterior, surge la pregunta: ¿afectará esta crisis a México? O más bien: ¿cómo afectará esta crisis a México?

Dándole crédito a la frase de “si a Estados Unidos le da gripa, a México le da pulmonía”, probablemente no estemos ante el mejor de los escenarios.

No sólo la mayoría de nuestras exportaciones se dirigen hacia el vecino del norte. Nuestros connacionales en Estados Unidos envían cada año cerca de 25 mil millones de dólares a México.

La dependencia casi total de estas remesas en muchos municipios del país – en Hidalgo hay varios – tiene como consecuencia que en caso de verse reducidas su impacto no se diluya y concentre sus efectos en zonas regularmente marginadas.


Es cierto que México cuenta con mecanismos de defensa con los que no contaba hace años.

Nuestra economía es más sólida y existe un mayor control de las variables macroeconómicas.

El hecho es que si, como todo parece indicar, en los siguientes días surgen más datos que confirmen que la economía estadounidense ha entrado en recesión, sería simplemente irresponsable no tomar todas las precauciones necesarias para reducir su impacto en la economía nacional.

El gobierno federal y el Banco de México no pueden ser meros espectadores ante un fenómeno mundial que, aunque ciertamente no fue ocasionado por ellos, puede tener efectos en los ya de por sí lastimados bolsillos de los mexicanos.

Es mejor prevenir que lamentar.
…
Rubén Moedano, pachuqueño, amigo de la infancia, estudiante recordado del Instituto Hidalguense, tuzo de corazón; es parte del cada vez mayor grupo de mexicanos que viven en España.

Rubén – quien por cierto casó con española, con quien tiene una hermosa bebé –, dirige una empresa inmobiliaria con presencia internacional, lo que no ha sido obstáculo para darse el tiempo necesario para compartir con quien escribe estas líneas diversos consejos y palabras de aliento que han sido de gran valor en el proceso de adaptación familiar a la vida madrileña.

He decidido seguir la más reciente de sus sugerencias: crear un pequeño y muy sencillo blog personal en internet en el que los distinguidos lectores puedan consultar, opinar y enriquecer las colaboraciones que El Sol de Hidalgo me permite publicar en sus páginas.

Espero resulte de su interés, apreciable lector.

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domingo, 20 de enero de 2008

El origen de Mouriño


Como era de esperarse, por diferentes motivos el reciente nombramiento de Juan Camilo Mouriño como Secretario de Gobernación ha desatado un álgido debate en los medios de comunicación.

El principal de ellos es evidente y obvia razón de los demás: después de la del Presidente de la República, la oficina que hoy ocupa Mouriño es la más importante, deseada y a la vez polémica de todas las que existen en el gobierno federal.


Con cierta ligereza –desde mi particular óptica –, los ataques hacia el hombre fuerte del presidente Felipe Calderón se han centrado en un hecho que a todas luces no depende en lo absoluto de él: nació en la ciudad de Madrid, España, el primero de agosto de 1971.

Precisamente de este fortuito antecedente derivan las dos más fuertes críticas que en su contra se han esgrimido: por un lado, una juventud que genera temores de falta de capacidad; por el otro, un lugar de nacimiento, que da pie a la existencia de “dudas” sobre su nacionalidad.

En lo que se refiere a su juventud, es un hecho que el nuevo Secretario de Gobernación deberá demostrarnos a los mexicanos –y a su jefe y amigo en Los Pinos, que tiene las facultades para nombrarlo y removerlo – que a pesar de sus 36 años cuenta con las aptitudes y las actitudes necesarias para llevar a buen puerto la política interna de nuestro país, cosa que sí depende enteramente de él mismo y de los resultados que entregue.

Por lo que hace a su lugar de nacimiento y por ende a su nacionalidad, todo indica que Juan Camilo Mouriño es elegible para el cargo de Secretario de Gobernación.


En el supuesto de que la información disponible sea cierta – lo contrario probablemente implicaría su “debut y despedida” de la política –, quien hoy despacha en el Palacio de Covián cuenta con los requisitos que establece la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos para ser considerado mexicano por nacimiento y por ende para ocupar una secretaría de despacho.

El Artículo 91 de la Constitución indica que para ser Secretario de Despacho se requiere ser ciudadano mexicano por nacimiento, es decir, no se es elegible para el cargo si se es mexicano por naturalización.


Es el Artículo 30 constitucional el que distingue entre la nacionalidad mexicana por nacimiento y la que se obtiene por naturalización. Entre otros supuestos, esta disposición determina que se es mexicano por nacimiento, en el caso de haber nacido en el extranjero, si se es hijo de padre o madre mexicanos; incluso si estos la obtuvieron por naturalización.

Según ha trascendido en diversos medios y él mismo a afirmado, Mouriño es mexicano por nacimiento dado que en algún momento su señora madre obtuvo la nacionalidad mexicana por naturalización.


En este punto se encuentra la clave de la calidad de la nacionalidad del titular de gobernación y corresponderá a las autoridades competentes, a los partidos de oposición y a quienes ejercen el periodismo de investigación –todos ellos legitimados plenamente para hacerlo – intentar corroborarlo o, en su caso, descalificarlo.

Ahora bien, en el supuesto de que la información oficial sea cierta, ¿tiene algo de extraño o de maligno que el hijo de un inmigrante español debidamente nacionalizado ocupe la Secretaría de Gobernación o cualquier otra? Desde mi punto de vista, en lo absoluto.


Defender lo contrario sería simplemente xenófobo. En una Estado democrático y de derecho, no existe posibilidad alguna de validar expresiones que intenten marginar a alguien por su origen o el de sus padres.

Este tipo de manifestaciones llevan a abusos, tanto verbales como de hecho, que a todas luces se observan arcaicos y retrogradas. Nadie que respete los derechos humanos y se considere minimamente tolerante puede justificar expresiones que busquen ubicar a un grupo de mexicanos como “ellos” en contra de un “nosotros” siempre incierto.


El nuestro se ha caracterizado por ser un país abierto a la inmigración. Muchos mexicanos podemos enorgullecernos de ser parte de una nación que recibió con los brazos abiertos a algún antepasado que tuvo el valor de emigrar a México para buscar una mejor opción de vida.

Inmigrantes españoles, libaneses, argentinos, italianos, franceses, chinos y muchos más, han contribuido y lo seguirán haciendo a configurar el rostro del México actual. Los padres de Angelina Dagda Yitani, mi querida abuela materna, fueron parte de ese gran movimiento migratorio que ha tenido a nuestro país y a nuestro estado como destino.

En el caso particular de quienes provienen de España, se trata del grupo más numeroso de inmigrantes que ha arribado a nuestro país. No ha habido una sino muchas oleadas de inmigración de españoles hacia México. Prácticamente desde el siglo XVI, estos movimientos migratorios han sido constantes, con periodos de mayor auge.

A finales de los años treinta, el General Lázaro Cárdenas abrió las puertas de nuestro país a miles de inmigrantes españoles que huían de la dictadura de Franco. Recientemente, en un homenaje que se le rindió en Madrid, la Ministra española de cultura, Carmen Calvo, dijo que la actuación del ex presidente durante los años de la Guerra Civil española y la expansión del fascismo en Europa, representa el "único ejemplo de dignidad" del "mundo occidental", que hasta la fecha "no ha reconocido la deuda moral" que tiene con México.

En Hidalgo la inmigración española también ha dejado una huella permanente. Sin instituciones como la Beneficencia Española o el exitoso legado de trabajo y esfuerzo sería difícil comprender a nuestro estado. Empresarios como Ángel Lozada de Grupo Gigante, quien llegó a Hidalgo a la edad de tres años, son ejemplo de éxito y tesón.

Seamos claros en los mensajes. La discriminación verbal corre el riesgo de ser seguida por la discriminación “real”, que se presenta en la cotidianeidad y es semilla de conflictos sociales. No dirijamos el debate hacia la exclusión y la intolerancia.

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